¿Ya no hay tiempo para estar mal?

Por: Carolina Avilés, psicóloga | psicoanalista.

Vivimos en una época en la que pareciera que estar mal se ha convertido, además de doloroso, en inconveniente. Hay que recuperarse pronto, volver a trabajar, concentrarse, dormir bien, ser productivos, ser felices y, de ser posible, convertirnos en “nuestra mejor versión”. El malestar tiene que desaparecer. Y cuanto antes, mejor.

Esta lógica también puede atravesar algunas prácticas contemporáneas de salud mental. Frente al sufrimiento aparece rápidamente la necesidad de nombrarlo, diagnosticarlo y establecer una intervención capaz de reducir aquello que resulta observable: no duerme, no se concentra, está preocupado, se mueve demasiado, no atiende, está triste.

El diagnóstico puede ser una herramienta clínica necesaria. El problema comienza cuando el nombre sustituye a la pregunta, y, a su vez, tapona el sufrimiento, como quien barre y esconde el polvo bajo la alfombra.

Una persona tiene dificultades para dormir, se muestra constantemente preocupada y no consigue concentrarse: “tiene ansiedad”. Un niño se levanta repetidamente de su asiento, interrumpe la clase y parece no prestar atención: alguien sugiere que seguramente tiene TDAH. Quizá alguno de esos diagnósticos resulte pertinente después de una evaluación adecuada. Pero antes habría otra pregunta posible: ¿qué le está pasando a esta persona?

La diferencia parece pequeña, pero cambia radicalmente nuestra posición frente al sufrimiento, así como la dirección de la cura.

Desde el psicoanálisis, el síntoma no constituye solamente algo que debemos eliminar. Freud descubrió que los síntomas tienen una historia y que aquello que aparentemente carece de sentido puede adquirirlo cuando se escucha en relación con la vida de quien lo padece. Más tarde, Lacan profundizó esta mirada al pensar el síntoma en relación con el lenguaje, el deseo y las formas singulares en que cada sujeto se vincula con los otros.

Por eso dos personas pueden manifestar algo aparentemente idéntico —insomnio, ansiedad, dificultades escolares— y, sin embargo, aquello puede significar cosas completamente distintas para cada una.

Escuchar no significa romantizar el sufrimiento ni negar la utilidad de una impresión diagnóstica, los medicamentos o las intervenciones que buscan aliviarlo. Significa resistirse a la tentación de pensar que nombrar rápidamente aquello que observamos equivale necesariamente a comprenderlo.

Gadamer proponía aproximarnos al pasado intentando comprenderlo desde su propio horizonte histórico y no solamente desde nuestros patrones actuales. Algo semejante podríamos preguntarnos frente al síntoma: ¿qué historia existe detrás de aquello que hoy vemos?

Quizá uno de los riesgos de nuestra época sea convertir las diferencias y los malestares humanos en categorías cada vez más uniformes. Una sociedad apresurada también puede exigir sufrimientos apresurados: problemas claramente identificables, tratamientos rápidos y resultados medibles.

El psicoanálisis introduce ahí una incomodidad: propone tiempo. Tiempo para hablar. Tiempo para escuchar. Tiempo para descubrir por qué ese síntoma apareció precisamente allí y de esa manera; tiempo para hacerle lugar a que emerja aquello que insiste.

Porque antes de preguntarnos “¿cómo hacemos para que esto desaparezca?”, quizá tendríamos que permitirnos otra pregunta:

¿Qué está intentando decir este síntoma?

Un comentario
Avatar de VICTOR MANUEL Hombre salinas romero
VICTOR MANUEL Hombre salinas romero

Excelente opinion ,hoy en dia sigue creciendo el problema de salud mental,es importante saber y trabajar en las causas del porque ? en las personas.

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