Infancia y Familia | Cuando el agua se lleva todo

Detrás de cada hogar destruido hay una historia, una familia y una infancia que necesita volver a sentirse segura.

Lo que queda después de la tragedia

Una niña busca entre el lodo los juguetes que dejó en su habitación. A su alrededor, las paredes de su casa han desaparecido, los muebles están cubiertos de tierra y la ropa que guardaba con cuidado ya no sirve. Quizá pregunte cuándo podrán regresar a casa, sin comprender todavía que la vivienda que conocía podría no volver a ser la misma.

Para muchas familias de Ensenada, las intensas lluvias provocadas por la tormenta tropical Rachel dejaron una realidad dolorosa: hogares inundados, pertenencias destruidas, calles dañadas y, en los casos más trágicos, la pérdida de seres queridos.

Una de las historias más desgarradoras ocurrió en el arroyo El Pípila, en la zona de Maneadero, donde la fuerza de la corriente arrastró a integrantes de una familia. Entre las víctimas se encontraban un niño, dos jóvenes y dos personas adultas. La tragedia nos recuerda que, en cuestión de minutos, la naturaleza puede transformar por completo la vida de una familia.

Detrás de cada cifra hay personas que tendrán que aprender a vivir con una ausencia irreparable.

Reconstruir también cuesta

Perder una vivienda significa mucho más que quedarse sin techo. Para algunas familias representa perder años de esfuerzo, ahorros y patrimonio. Una cama, un refrigerador, los uniformes escolares, los documentos personales, las fotografías familiares y los objetos que acompañaron distintas etapas de la vida pueden desaparecer bajo el agua y el lodo.

La recuperación económica no termina cuando deja de llover. Hay que limpiar, reparar, reponer enseres, conseguir un lugar donde vivir y, en ocasiones, dejar de trabajar para atender la emergencia. Para quienes tienen ingresos limitados, estos gastos pueden convertirse en una carga difícil de superar.

El impacto también alcanza a niñas y niños, quienes pueden perder sus juguetes, materiales escolares, espacios de descanso y, sobre todo, la sensación de estabilidad que les proporciona su hogar.

Después de un desastre, pueden aparecer miedo, ansiedad, irritabilidad, alteraciones del sueño o temor a que vuelva a llover. Algunas infancias expresan su angustia con preguntas constantes. Otras guardan silencio o muestran cambios en su conducta. No todas reaccionan de la misma manera, pero necesitan que las personas adultas escuchen sus emociones, les expliquen lo sucedido con palabras adecuadas para su edad y les ayuden a recuperar sus rutinas.

La ayuda que sostiene

Los primeros momentos requieren acciones urgentes: rescatar a quienes están en peligro, habilitar refugios, proporcionar alimentos, agua potable, ropa, medicamentos y artículos de higiene. Posteriormente, es necesario identificar las necesidades de cada familia, evaluar los daños y facilitar apoyos que permitan recuperar condiciones dignas de vida.

Ensenada ya cuenta con un primer balance de la emergencia. El Ayuntamiento informó que el operativo de Bomberos realizó 80 rescates y que Protección Civil atendió 89 reportes relacionados con inundaciones, derrumbes, daños en viviendas y otras afectaciones. Además, se desplegaron labores de limpieza y recuperación en más de 25 colonias. Por su parte, un censo preliminar difundido el 14 de octubre reportó 571 viviendas afectadas entre Ensenada y San Quintín. Las cifras pueden cambiar conforme avance la evaluación de los daños.

La ayuda institucional es indispensable, pero también lo es la participación ciudadana. Personas que donan alimentos, reúnen ropa, ofrecen alojamiento, colaboran en la limpieza o comparten información útil demuestran que la solidaridad puede expresarse de muchas maneras.

Sin embargo, ayudar también implica hacerlo responsablemente: entregar artículos limpios y útiles, atender las necesidades señaladas por los organismos de apoyo y evitar difundir imágenes dolorosas o información no confirmada sobre las víctimas.

El duelo y las redes de apoyo

Cuando se pierde a un ser querido, ninguna despensa ni donación puede compensar su ausencia. El duelo requiere tiempo, acompañamiento y espacios para expresar el dolor sin presiones. En el caso de niñas y niños, es importante ofrecerles explicaciones honestas, responder sus preguntas y permitirles participar en las despedidas familiares de una manera adecuada a su edad.

Las redes de apoyo adquieren entonces un valor fundamental. La familia extensa, las amistades, la escuela, los grupos comunitarios y los profesionales de la salud mental pueden contribuir a que quienes atraviesan una pérdida no tengan que enfrentarla en soledad. Cuando el sufrimiento se intensifica, resulta difícil de manejar o interfiere significativamente con la vida cotidiana, buscar atención psicológica puede ser una forma importante de cuidado.

La recuperación no consiste en olvidar lo ocurrido, sino en encontrar, poco a poco, maneras de continuar viviendo con lo perdido y reconstruir aquello que todavía es posible.

También hay una enseñanza que trasciende la emergencia. Cuando niñas y niños observan a sus madres, padres, docentes y vecinos ayudar sin esperar nada a cambio, aprenden que la empatía se demuestra con acciones. Descubren que una comunidad no se construye únicamente compartiendo espacios, sino haciéndose presente cuando alguien atraviesa una dificultad.

Ensenada enfrenta el desafío de reparar los daños y acompañar a las familias afectadas. Pero también tiene la oportunidad de fortalecer su organización comunitaria, mejorar la prevención y proteger a quienes viven en zonas de riesgo.

Porque después de una tragedia, reconstruir significa mucho más que levantar paredes. Significa recuperar la confianza, acompañar el duelo y enseñar a las nuevas generaciones que ninguna familia debería sentirse sola cuando lo ha perdido casi todo.

Psic. Laura Beltrán

laurabeltran.com.mx

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