Aporía | Alienado: cuando tu vida te es extraña

¿Has podido habitar tu propia vida? El poder llegar preguntarse lo anterior de manera ocasional me parece un indicio de verdadera salud. El preguntárselo demasiado, el no preguntárselo nunca, podrían indicar un verdadero problema.

Tantas opiniones, perspectivas e información, bombardeos 24/7 a través de este condenado aparato llamado celular. Siempre pensando, siempre deseando, siempre comparando o buscando centrarse, o muy al contrario, disfrutando demasiado cualquier estímulo en una compulsión salvaje con la idea de que debemos disfrutar lo que se presente, como si se tratara de un programa de juegos donde tienes dos minutos para tomar todo lo que puedas antes de que se cierre la puerta.

Incluso, puede ser que en la escuela, si bien te va, te pongan la famosa pirámide de Maslow para que tengas una guía psicológica de las necesidades humanas y te orientes ahí como Dios te dé a entender. A la mejor ya al final del día, si la imprimes y la pones en tu habitación, puedes guiarte con unas estrellas de colores y ver dónde hay áreas de oportunidad. Eso y el libro de “Los 4 acuerdos” y ya amarraste un poco de seguridad para tus días.

Sin embargo, detrás de toda esta basura que nos inunda todos los días todos los sentidos, nos siembran la idea de que SER es elegir, y que tenemos una libertad incondicional de poder SER. Como si el SER TU MISMO, fuese una cuestión de elegir un producto del mercado de tu preferencia. ¿En qué momento el hecho de respirar y disfrutar no significa ya “SER”? ¿Quién nos quitó nuestra vida y nos la puso lejos, y diseñó una serie de requisitos para poder vivirla? ¿Por qué ser libre es algo deseable, qué es eso y quién lo valida?

Si hay algo nos enseña el siglo XX en sus máximos pensadores, es que, nuestra libertad está delimitada dentro de diferentes escenarios, ya sea el sistema económico, nuestra historia familiar, nuestro lenguaje y nuestros valores, y nuestro mismo sistema natural. Muchas veces podría no llamarse si quiera libertad, y se recupera el antiquísimo concepto del viejo mundo del “Destino”. No venimos a ser libres, venimos a desarrollar la fuerza para abrazar nuestro destino, el destino que solo nos es encomendado individualmente, nadie más lo puede hacer, es nuestro lugar y es único, y solo uno mismo es el encargado de descubrirlo y realizarlo. ¡Qué curioso cómo cambian los valores! Antes la libertad era una ridiculez, hoy el destino suena un cuento tonto.

Pero no basta más que ver un poco nuestra vida diaria, hasta para hacer un trámite de pensión, o recibir una multa dudosa de los elementos de tránsito; para entender pago de impuestos hay que estudiar una licenciatura. Y probablemente el dulce sabor de un suave tormento como tu cerveza favorita esté fabricado desde una lucha a muerte de una comunidad por el derecho al agua, aprobado por un congreso moreno que favorece a empresas israelíes para que se apropien del vital líquido.

Aquí es donde entra la IA. En un mundo complejo y  a prisa, donde una buena educación, una buena psicoterapia y un buen criterio cuestan, aparece este extraño interlocutor que viene a mediar en una existencia ajena. En tiempo real puedes revisar si un proceso ilegal por parte de una autoridad es correcto y qué hacer. Si no tienes dinero ni conocimiento ni imaginación, puede tomar foto de un desperfecto doméstico y, especificando tu domicilio, te puede dar el cómo según le indique tu sentir para repararlo. Tus dudas más profundas, puedes escribirlas y dependiendo del enfoque que le des, mueve aquello que no creías podía ser puesto en palabra.

Sin embargo, es ahora una dependencia mayor de la tecnología. Regresemos a la pregunta inicial, ¿has podido habitar tu propia vida?

Bien valdría recuperar esa frase de C.G. Jung enigmática de su pensamiento y sus vivencias: “llegar a ser lo que siempre ha sido”.

Héctor Rodríguez, filósofo.

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