Infancia y Familia | Miedo a morir

A Mateo, que apenas tiene ocho años, el mundo se le rompió un martes cualquiera. No fue con truenos ni con señales en el cielo, sino con el llanto apagado de su mamá en la cocina. Su abuelo, el mismo que le enseñó a andar en bicicleta y le guardaba dulces en los bolsillos, ya no iba a volver a casa. Un auto que se pasó la luz roja en la esquina de siempre bastó para borrarlo todo.

Para Mateo, como para otros niños de su edad, lo que ocurre en la realidad y lo que habita en su imaginación se cruzan todo el tiempo sin una frontera clara; por eso, cuando la tragedia golpea de verdad, el miedo puede llevarlos a imaginar peligros incluso en situaciones cotidianas. En ese preciso instante, la niñez deja de ser esa burbuja donde nada malo pasa y se convierte en un lugar frágil.

El miedo de todos

Hoy las niñas y los niños ya no se enteran de las tragedias solo cuando las personas adultas cuchichean en la sala. La realidad les llega en cascada a través del celular o el televisor: el choque de autos en la avenida de al lado, los estragos del huracán, el tren que se descarriló en España o el video viral de alguna catástrofe al otro lado del planeta. Para una mente en desarrollo, que aún está aprendiendo a dimensionar el espacio y el tiempo, ver estas imágenes puede hacerles sentir que algo semejante podría ocurrirles a ellos o a sus familias en cualquier momento.

Y claro, con ese bombardeo constante, el miedo a morir puede convertirse en una preocupación persistente. No es cosa de las infancias nada más; la adultez también lo lleva a cuestas, acumulando la angustia y haciendo como si tuviéramos todo bajo control en un mundo donde nadie sabe cuándo será el último aliento.

Hablar de la muerte sin rodeos

Justo cuando estas dudas y miedos rondan la cabeza, tradiciones como el Día de Muertos nos regalan un puente cultural perfecto para hablar de lo inevitable sin tanto tabú. Integrar a las infancias en estos rituales —colocando juntas la foto del ser querido en el altar, recordándoles con una sonrisa o contándoles anécdotas— ayuda a darles un espacio seguro a los recuerdos. En esa misma línea cotidiana, la partida de una mascota a menudo funciona como primer acercamiento para que comprendan que cada ser tiene su tiempo, favoreciendo la sensibilidad y la empatía.

¿Cómo explicarles entonces que un familiar falleció? A veces cometemos el error de usar frases como “se durmió” o “se fue de viaje”, que pueden generar confusión y temor a dormir o a viajar, alimentando su tendencia a imaginar terrores fantasmales.

Funciona mucho más brindar información adecuada a cada etapa del desarrollo y, si ruedan lágrimas, permitir la espontaneidad. Ver que la adultez también siente tristeza enseña a las infancias que estar así no es romperse, sino que forma parte del arte de amar.

Acompañar el vértigo

Vivir con la incertidumbre a cuestas agota; la angustia paraliza. Para ayudar a las niñas y a los niños —y de paso a nosotros mismos— a lidiar con ese peso, lo peor que podemos hacer es soltar un “no pasa nada” o “sé valiente”. Estas respuestas pueden enseñarles a reprimir sus emociones. Al contrario: validar lo que sienten y decirles “tienes miedo y es normal, pero aquí estoy” afloja el nudo en el pecho y calma esa imaginación desbordada.

Frente a las infancias, es clave evitar bombardearlas con demasiada información ante las tragedias de las noticias. Así podemos reducir el riesgo de que se saturen de información o permanezcan en estado de hiperalerta por temor a lo que pueda ocurrir. Cuando los pensamientos negativos recurrentes interfieran con la vida cotidiana, conviene buscar ayuda profesional. Este acompañamiento puede marcar la diferencia.

Psic. Laura Beltrán, psicóloga infantil.

laurabeltran.com.mx

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