Los seres humanos somos seres del lenguaje. Una vez que nacemos, somos arrojados al mundo del equívoco, de la representación, de la posibilidad y, a su vez, de sus limitaciones. Los decires nos recorren: “fuimos hablados hasta aquí”. La palabra es una representación de la realidad y no la realidad en sí; por ello construye un campo abierto de posibilidades: un trayecto, un método y una meta. Conversamos los unos con los otros y creemos que entendemos y que se nos entiende. Sin embargo, ¿hasta qué punto es posible entender verdaderamente al otro?
Comúnmente, cuando alguien decide acudir con un psicoterapeuta, lo hace pensando que allí, en ese espacio de diálogo, encontrará respuestas, una guía o algo que apacigüe la incertidumbre. En cambio, el psicoanálisis propone una suerte de búsqueda, no como inicio sino como objetivo en sí. ¿Qué es lo que se busca? A diferencia de otras intervenciones provenientes de campos teóricos distintos —como el cognitivo-conductual—, en el análisis no es tan relevante el “qué”, sino el deseo de buscar, de indagar e ir significando y resignificando aquello que “se encuentra”. Se trata de una especie de acto creativo, donde la palabra es el pincel y la psyche, el lienzo: uno que definitivamente no está en blanco y del que tampoco podrá decirse, en ningún momento, que está acabado.
Quizá allí radique una de las particularidades del encuentro analítico: no parte de la pretensión de eliminar el equívoco, sino de escucharlo. En contraposición al lenguaje binario que impera en el mundo digital, donde pareciera que sólo existen dos alternativas —“a” o “b”—, dejando fuera las posibilidades infinitas del resto de los símbolos y sus combinaciones, en el mundo de lo humano aparece inevitablemente el malentendido. Pero éste, lejos de constituir únicamente un obstáculo para la comunicación, puede convertirse en una posibilidad de encuentro. No como punto de llegada ni como comprensión total del otro, sino como apertura hacia la búsqueda.
“Un psicoanalista no escucha solo las palabras, es sensible a todos los signos a través de los cuales un ser comunica su vida” (Nasio, 2017). Esto recuerda también el primer axioma de la comunicación de Paul Watzlawick: la imposibilidad de no comunicar. En el encuentro con el otro, entonces, todo puede adquirir valor significante: la palabra, la vestimenta, los olores, la postura, la cadencia al caminar, el tono de voz, los silencios, el momento en que ocurre una cosa u otra, las omisiones, las explicitaciones, la respiración, la coloración, el ritmo cardíaco y los gestos.
Así, con todos esos elementos y su ilimitada potencia de producción de sentido, el malentendido no necesariamente representa el fracaso del encuentro: puede ser justamente aquello que lo inaugura. Allí donde algo no termina de comprenderse, donde la palabra no alcanza a decirlo todo, queda un espacio para preguntar, escuchar y construir nuevos sentidos. Tal vez encontrarnos con el otro no consista en comprenderlo por completo, sino en aceptar que siempre habrá algo suyo —y también algo nuestro— que permanecerá abierto a ser dicho de otra manera.
Carolina Avilés, psicóloga y psicoanalista.













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