En esta ocasión no hablaré de ciencia, aunque, pensándolo bien, quizá sí lo haga de manera indirecta. El lenguaje también es cultura, educación, identidad y una herramienta fundamental para todas las áreas del conocimiento. Lo que me preocupa es algo que escucho cada vez con mayor frecuencia: personas que parecen haber olvidado que existen otras palabras además de las altisonantes.
Las escucho entre estudiantes, profesionistas y personas de todas las edades y condiciones sociales. Las escucho en conversaciones familiares, espacios académicos y lugares donde, por la profesión de quienes ahí se encuentran, esperaríamos una comunicación más formal. Y no, una palabra altisonante no va a provocar el fin del español. Todas las lenguas tienen expresiones vulgares. El problema aparece cuando dejan de ser una excepción y se convierten prácticamente en el vocabulario cotidiano.
¿Será que estamos perdiendo palabras?
Durante mucho tiempo pudimos atribuir esta manera de hablar a determinados sectores sociales. Como docente, ya no puedo hacerlo. La escucho en estudiantes de diferentes carreras y procedencias. El problema parece ser mucho más amplio: aprendemos a hablar observando a quienes nos rodean y, ahora, también observando una pantalla.
Y aquí entran las redes sociales...
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para comunicarnos y, paradójicamente, quizá nunca habíamos estado tan expuestos a hacerlo sin pensar demasiado en lo que decimos. TikTok, Instagram, Facebook y YouTube no solamente nos muestran información: también nos enseñan formas de hablar, bromear, insultar, relacionarnos y hasta de mirar nuestro cuerpo y el de los demás.
Lo verdaderamente preocupante es cuando esa normalización llega a los niños. He presenciado eventos escolares en los que se reproducen canciones con palabras altisonantes, referencias sexuales, violencia o expresiones de menosprecio hacia mujeres y hombres. También me ha tocado observarlo en un jardín de niños. Y entonces no puedo evitar preguntarme: ¿qué estamos enseñando cuando permitimos que un niño de cuatro o cinco años cante una letra cuyo significado todavía ni siquiera puede comprender?
No se trata de convertir la educación en censura ni de declarar enemiga a la música popular. La música es una poderosa forma de expresión y socialización. Precisamente por eso debemos reconocer su influencia. Algunas letras pueden transmitir modelos de comportamiento, violencia, sexualización o desprecio hacia otras personas. Lo mismo ocurre con ciertos contenidos que circulan diariamente por las redes.
Y aquí aparece nuestra responsabilidad como adultos…
El algoritmo no se detiene para decirle a un niño: “Esto todavía no corresponde a tu edad”. Una pantalla tampoco distingue entre lo apropiado y lo inapropiado. Nosotros sí deberíamos hacerlo.
Incluso hemos llegado a confundir la libertad de expresión con la libertad de decir cualquier cosa de cualquier manera. Pero expresarnos libremente no significa renunciar a la riqueza de nuestro idioma. Un médico necesita explicar; un abogado, argumentar; un científico, describir; un maestro, enseñar; un periodista, informar. Las palabras son herramientas de trabajo.
Podemos estar furiosos sin insultar, criticar sin humillar y protestar sin denigrar. No propongo regresar a un español acartonado ni negar que el lenguaje cambia. Propongo algo mucho más sencillo: enseñar que el contexto importa. No hablamos igual con nuestros amigos que frente a un paciente, durante una clase, en una entrevista de trabajo o ante un niño.
Y quizá aquí está mi mayor impotencia: no parece preocuparnos demasiado. Hemos aceptado como normal que una conversación esté salpicada de groserías, que ciertas canciones acompañen los festivales infantiles y que las redes dicten parte de nuestro vocabulario.
Tal vez el verdadero problema no sea que las nuevas generaciones utilicen palabras altisonantes. Tal vez el problema sea que nosotros estamos dejando de enseñarles que tienen muchas otras palabras disponibles.
Porque cuando una sociedad tiene cada vez más medios para comunicarse, pero cada vez menos palabras para hacerlo, quizá deberíamos preguntarnos:
¿Realmente estamos ampliando nuestra libertad de expresión o estamos perdiendo, poco a poco, nuestra capacidad de comunicarnos?
“Quizá deberíamos volver a enseñar algo que parece demasiado sencillo para haberlo olvidado: hablar bien no significa hablar de manera perfecta; significa saber que nuestras palabras tienen un destinatario y que merecemos tratarnos con dignidad unos a otros”.
Leticia Argelia Rivera Ju, investigadora independiente.
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