La respuesta inicial que daré ante tal pregunta quizá parezca poco precisa y difícilmente concluyente: sí y no.
Comenzaré por la vía de la negativa. Desde la perspectiva psicoanalítica podemos pensar que las personas cuentan con una estructura psíquica, entendida, en términos sencillos, como una forma relativamente estable de organización y funcionamiento del psiquismo.
Dicha organización se constituye progresivamente durante los primeros años de vida y en ella intervienen diversos factores: las necesidades y la manera en que son satisfechas —o no—; los primeros vínculos, especialmente con quienes ejercieron las funciones materna y paterna; las experiencias infantiles; las identificaciones; el tránsito por distintas etapas del desarrollo; la constitución del yo y el superyó —este último, dicho de manera muy simplificada, relacionado con ideales, prohibiciones y exigencias—; los mecanismos de defensa y la posición frente al deseo, la falta y el Otro.
Cada uno de estos aspectos merecería una columna propia. Por ahora basta señalar que nuestra forma relativamente estable de funcionamiento psíquico no se construye en un día, no se determina a voluntad y mucho menos puede explicarse por un único factor.
Si hablar de “estructura psíquica” resulta demasiado abstracto, pensemos —y disculpen la licencia que me tomo al realizar ésta analogía— en un automóvil.
Al fabricar un carro, su diseño, materiales y potencialidades responden a determinadas condiciones y propósitos. Un deportivo, por ejemplo, tendrá características distintas a las de un sedán: cada uno contará con posibilidades, limitaciones y formas particulares de responder al camino. En el ser humano, desde luego, la cuestión es infinitamente más compleja: nuestra constitución está atravesada por los otros, la familia, el lenguaje y la cultura.
La estructura se ubica entre el ser y la realidad, entonces, da a lugar a una manera singular de ser y estar en el mundo. Pero aquí aparece la otra mitad de mi respuesta: el sí.
Quizá no se trate de cambiar nuestra estructura como quien cambia un automóvil por otro, sino de modificar nuestra posición subjetiva: el lugar desde el cual vivimos e interpretamos nuestra experiencia y nos situamos frente al deseo, las demandas de los otros y nuestros propios conflictos.
Volvamos al automóvil. La posición subjetiva sería la manera en que el conductor se coloca frente al vehículo y ante aquello que encuentra durante el camino. La pregunta sería: ¿cómo conduzco este carro y qué lugar asumo frente a lo que me ocurre mientras conduzco?
Una persona podría decir: “Siempre termino dirigiéndome hacia donde los demás me dicen que vaya”. El trabajo analítico no consistiría en “cambiarle el carro”, sino en introducir preguntas: ¿por qué sigue esas indicaciones?, ¿qué obtiene al hacerlo?, ¿qué teme perder si toma otra dirección?, ¿qué camino elegiría si pudiera escuchar su propio deseo?
Ahí encontramos una posibilidad de cambio.
Tal vez no elegimos el carro con el que comenzamos el viaje ni todas las condiciones del camino, pero podemos preguntarnos desde qué posición lo estamos conduciendo y hacia dónde está orientado nuestro deseo.
Carolina Avilés, psicóloga y psicoanalista.











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