En diversas colonias de la ciudad existe una realidad cotidiana que a menudo pasa desapercibida para las autoridades, pero que los vecinos conocen muy bien: la presencia de caninos y felinos en situación de calle, sin tutor formal, pero que no están abandonados del todo.
Son cuidados, alimentados y reconocidos por los habitantes de la colonia, quienes les ofrecen comida, agua, refugio improvisado y, en muchos casos, atención médica básica. Estos caninos y felinos forman parte del tejido social del municipio.
Convivir con ellos genera vínculos de solidaridad entre vecinos, fomenta la responsabilidad colectiva y demuestra que es posible gestionar la presencia de animales en la vía pública de manera humana y sostenible, convirtiéndolos en animales comunitarios.
Cuando se manejan correctamente —mediante esterilización, vacunación, identificación y seguimiento comunitario—, estos animales representan una solución más digna, efectiva y económica que la actual política de captura y sacrificio.
La convivencia controlada reduce la reproducción descontrolada, disminuye los conflictos y permite que los propios vecinos se conviertan en guardianes del bienestar animal y la salud pública. Experiencias en otros países demuestran que los programas de manejo comunitario, basados en la participación ciudadana y en métodos no letales, logran resultados duraderos sin recurrir a la violencia.
Sin embargo, el Gobierno municipal sigue optando por la alternativa más cruel, fácil y de bajo costo aparente: capturar de manera violenta a caninos sanos o en vías de rehabilitación para después sacrificarlos.
Esta práctica no solo es éticamente inaceptable, sino que constituye un delito al contravenir las reformas a la ley de protección animal. La legislación vigente reconoce a los animales como seres sintientes no humanos y prohíbe el sacrificio de animales sanos o recuperables.
Ignorar estas disposiciones no solo vulnera derechos, sino que genera desconfianza entre la ciudadanía y perpetúa un ciclo de violencia innecesario.
Además, la captura indiscriminada no resuelve el problema de fondo. Al eliminar animales que ya estaban adaptados y controlados por la comunidad, se abre espacio para que nuevos ejemplares ocupen el territorio, manteniendo o incluso agravando la situación.
En cambio, invertir en programas de esterilización masiva, educación ciudadana y apoyo a las redes vecinales de cuidado produce resultados medibles, reduce el sufrimiento y construye una relación más armónica entre humanos y animales.
Es urgente que las autoridades abandonen el enfoque punitivo y de exterminio. Los caninos y felinos comunitarios no son un problema que deba eliminarse, sino seres que, con políticas inteligentes y compasivas, pueden integrarse de forma segura al entorno urbano.
La dignidad de una ciudad se mide también por la forma en que trata a los más vulnerables, incluidos los seres sintientes no humanos.
Movimiento Animalista de Ensenada.












Deja un comentario