Desde tema de conversación hasta reemplazo de saludo (algunos llegan diciendo «¡que calor! antes que «buenas tardes»), la elevada temperatura ha reclamado total atención en nuestro bello puerto. Clases canceladas, abanicos sobrevalorados, sudores inoportunos y noches insalvables algunas de las consecuencias de su aparición.
A nivel internacional, este calor inusual dio lugar a un nuevo peldaño climático que la comunidad científica está aceptando progresivamente: El huracán categoría 6. Un titán emergente de la naturaleza. Su majestuosa aparición que yo contemplaba en “el face” mientras el ventilador refrescaba mi cabeza, me hizo reflexionar, o tal vez delirar, el equilibrio orgánico de nuestro planeta.
La función de un huracán es disipar el calor de los mares y llevar agua a lugares necesitados. Un sistema natural imponente, por un lado temible, por otro generoso; cuya existencia ha permitido las condiciones para la vida tal cual la concebimos. Es remarcable que el aumento de la temperatura en los mares, y el denominado “fenómeno de El Niño”, pintan una herida carmesí inquietante en la faz del mundo.
Surge en la opinión pública y mediática la siguiente pregunta: ¿Estamos acabando con el planeta? Por alguna misteriosa razón, un alivio inesperado calmó mi neurosis. Mientras ideas de cataclismos pululan en redes, yo observé que la naturaleza tiene bastante resueltas estas problemáticas. ¿Mayor calor? No pasa nada, súbele al huracán. ¿Sequías? Unos deshielos, lluvias torrenciales y sanseacabó; ¿energía acumulada en las placas tectónicas? Una sacudida y “p’al real”. La vida se sostiene. Asunto concluido y archivado, dice La Vida.
Lo que sí me inquieto fue escuchar a nuestros heroicos “topos” mexicanos en el extranjero, que hermanados en la asistencia humanitaria debida a terremotos, vieron en los derrumbes fatales abundante corrupción gubernamental. ¿Quién autorizó construcciones tan raquíticas sin las mínimas condiciones estructurales? ¿Quién se hizo de la vista gorda cuando se otorgaron permisos de construcción sin acreditar los imperativos requisitos? ¿Cuántas vidas cobró el temblor? ¿Cuántas almas la corrupción reclamó?
Dicen que en la calle segunda de nuestra ciudad, justo al lado de la UMF 32 del IMSS, hace muchos años era común que se hiciera una laguna y los patos en sus majestuosos vuelos llegaran por temporada a descansar. En ese lugar los cauces naturales de agua dulce confluían alegremente. Para nuestra fortuna, unos genios priístas decidieron en su planeación urbana que la naturaleza estaba equivocada y había que expropiarle su terreno. ¿Qué pasará cuando la tierra viva reclame con violencia su heredad? ¿Qué tan natural es un desastre cuando alguien decide poner su hogar donde no es adecuado?
El analista suizo C.G. Jung reflexionaba en su libro La vida simbólica lo siguiente:
“No son el hambre, ni los terremotos, ni los microbios, ni el cáncer, sino el hombre mismo quien representa el mayor peligro para el hombre, por la sencilla razón de que no hay protección adecuada contra las epidemias psíquicas, las cuales son infinitamente más devastadoras que las peores catástrofes naturales”.
Sería sabio revisar la casa propia y alinearse a las soluciones expeditas que ejecuta La Naturaleza. Dudo mucho que se le puedan pagar sobornos y la complazcan participaciones empresariales o cargos públicos. La única moneda que parece reconocer es la procreación, o la sangre.
Héctor Rodríguez, filósofo.












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