¿Y si le toca en mi salón?
La pregunta de Mateo, de ocho años, apareció recientemente. No le preocupaban los útiles escolares, el uniforme ni levantarse temprano. Su miedo tenía nombre y rostro: el compañero que durante el ciclo anterior lo había acosado.
En otra casa, Sofía esperaba con entusiasmo. Quería volver a ver a sus amigas, contarles lo que había hecho durante las vacaciones y recuperar la rutina que tanto extrañaba.
Niña y niño, un mismo regreso. Dos experiencias distintas que se me presentaron en el espacio terapéutico.
Una transición que no todos viven igual
Después de varias semanas de vacaciones, niñas y niños deben recuperar horarios de sueño, responsabilidades, actividades académicas y rutinas. Para algunos, la transición resulta estimulante; para otros, puede generar ansiedad, irritabilidad, inseguridad o rechazo.
El cambio puede ser todavía mayor cuando se inicia en una escuela nueva, se cambia de grupo, de docente o de nivel educativo, o cuando el o la alumna debe separarse de amistades significativas.
Existe, además, un grupo que requiere especial atención: quienes regresan al mismo espacio donde experimentaron rechazo, humillaciones o acoso escolar.
El informe de la UNICEF (2023) advierte que el bullying puede afectar profundamente la autoestima y la salud mental de niñas, niños y adolescentes, y relacionarse con ansiedad, depresión y otras consecuencias graves. Por eso, detrás del “no quiero volver a la escuela” suele esconderse el miedo.
¿Qué hay detrás de un cambio de escuela?
En Baja California existen registros oficiales de matrícula y movimientos escolares, incluidos los traslados. Sin embargo, no encontramos un desglose público que permita determinar cuántos estudiantes cambian de plantel específicamente por bullying, conflictos con sus pares, dificultades con docentes o motivos emocionales.
Esta ausencia también merece reflexión. Conocemos cuántos estudiantes están inscritos, pero necesitamos conocer mejor las historias detrás de sus movimientos escolares.
Un cambio de escuela puede responder a una mudanza, a razones económicas, a la búsqueda de una determinada propuesta educativa o a dificultades académicas; pero también puede ser consecuencia de una experiencia que afectó emocionalmente al estudiante. Llevar un control estadístico o registrar el movimiento es importante; comprender la causa resulta fundamental para intervenir.
Detectar antes de que el problema crezca
Las primeras semanas del ciclo escolar ofrecen una oportunidad para observar.
Un niño que antes disfrutaba asistir y ahora presenta resistencia constante, dolores de cabeza o estómago frecuentes sin explicación médica, alteraciones importantes del sueño; aislamiento, llanto recurrente, irritabilidad; pérdida de interés o miedo intenso a determinadas personas o situaciones, requiere especial atención.
Esto no significa que cada cambio o transición sea un trastorno; la adaptación requiere tiempo. Sin embargo, cuando los cambios son intensos, persistentes e interfieren con la vida cotidiana, es conveniente buscar orientación profesional. Al respecto, la UNICEF señala que la duración, intensidad y repercusión de los cambios emocionales son elementos clave para distinguir una dificultad pasajera que requiere atención especializada.
La detección temprana puede evitar que una dificultad se profundice. La psicología infantil y los servicios de salud mental pueden brindar evaluación, acompañamiento y estrategias para la niña o niño, la familia y, cuando sea necesario, la escuela.
Escuchar también es prevenir
La escuela no solo debe preparar a los estudiantes académicamente: también debe ofrecer espacios seguros para que expresen lo que viven. Padres y docentes pueden comenzar con algo sencillo: escuchar sin minimizar.
“Ya te pasará”, ¨todos tienen miedo” o “tienes que aprender a defenderte” son frases que pretenden ayudar, pero terminan cerrando la comunicación. Preguntar “¿qué fue lo que más te gustó hoy?” o ¨ ¿hubo algo que te hiciera sentir incomodo?” abre una puerta al diálogo.
El desafío de este nuevo ciclo escolar no debería ser solamente conseguir que todos regresen al salón, sino asegurarnos de que puedan permanecer en él sintiéndose escuchados, protegidos y capaces de aprender. De ser necesario, hay que buscar ayuda profesional. La infancia nos necesita, no la dejemos sola.
Psic. Laura Elena Beltrán Padilla, posgrado en psicoterapia de niños.












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