Hace casi tres décadas era normal que entre 12 y 15 técnicos mexicanos arrancaran un torneo de Liga MX. Hoy, el Apertura 2026 comenzó con cinco de 18: Miguel Herrera en Atlante, Diego Mejía en San Luis, Joel Huiqui en Cruz Azul, Benjamín Mora en Pachuca y Gerardo Espinoza en Puebla. Y eso es una «recuperación». En el Clausura 2026 fueron apenas tres. La caída no fue de golpe: en el Apertura 2015 y el Clausura 2016 la cifra bajó a seis por primera vez, y desde entonces la tendencia fue cuesta abajo. Argentina, con siete entrenadores, tiene hoy más representación que el país donde se juega.
Lo más revelador es lo que ocurre en la cima. Antes del Clausura 2026, ningún técnico mexicano había ganado un título en cinco años: el último fue Ignacio Ambriz con León en 2020, y antes Miguel Herrera con el América en 2018. Mientras tanto, Antonio Mohamed barrió el 2025 con los dos torneos cortos y el Campeón de Campeones. Ese Clausura 2026 trajo una final entre Huiqui y Efraín Juárez, algo que no ocurría desde 2013, cuando el Piojo Herrera y Memo Vázquez se vieron las caras. Un mexicano campeón, y el mensaje de la final fue casi de rareza arqueológica.
¿Por qué el pasaporte pesa tanto? Piojo Herrera lo resumió con crudeza: tres o cuatro partidos sin ganar y viene la guillotina, porque los dueños son «más severos» con los compatriotas. Mediotiempo recogió la versión de varios técnicos: existe una verdad incómoda, a los extranjeros se les tiene mayor paciencia. A ello se suman los intereses con representantes y promotores, el formato de torneos cortos que castiga cualquier proyecto largo y contratos de extranjeros «bien protegidos», como señaló Ramón Morales. La estadística acompaña: Claro Sports contabiliza 24 salidas de técnicos mexicanos desde 2020.
Hay otro elemento, más sutil y más cruel: la percepción. Un técnico extranjero suele llegar con la etiqueta de «proyecto», «metodología», «idea». Al mexicano, con demasiada frecuencia, se le llama cuando ya se quemó el barco. El primero compra tiempo con el pasaporte; el segundo, si acaso, lo pide prestado.
Para ser justos, la defensa de los clubes existe. Santiago Baños, entonces en el América, aseguró que se apuesta por extranjeros por los resultados recientes de los técnicos nacionales, por su preparación y su manera de trabajar. Es un argumento legítimo, pero convenientemente circular: si nunca se les da tiempo para armar un proyecto, nunca podrán acumular resultados. Y si la preparación fuera el problema, tampoco explica por qué en Colombia, según Efraín Juárez, 16 o 17 de los 20 equipos tienen entrenador colombiano, en una liga competitiva que defiende lo suyo.
Tampoco conviene romantizar. El técnico extranjero también se paga caro, y la Liga MX figura entre las más impacientes del mundo con todos sus entrenadores. Pero el desbalance en el trato es visible, y cuando solo cinco de 18 banquillos hablan con acento local, algo se rompió en el proceso de formación y de confianza.
Huiqui acaba de ser campeón y ya carga con el fracaso de la Leagues Cup. Esa es la diferencia que duele: al extranjero se le pide que gane; al mexicano, que demuestre cada semana que merece estar ahí.
Delfino Cisneros, analista deportivo.











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