«Miro y miro…
— Sigbjørn Obstfelder
Debo haber llegado al planeta equivocado.
Es muy extraño aquí».
Años de observación y análisis del proceder de las autoridades estatales en Baja California ante los embates del crimen organizado me han permitido desarrollar diversas formas de lectura de los hechos. Por ello, comparto con ustedes mis conclusiones.
La omisión del Estado en el combate legal al crimen organizado merma su autoridad formal y deslegitima el ejercicio del poder. Esa debilidad institucional fomenta la impunidad, la ineptitud y la corrupción, vicios que a su vez minimizan aún más el respaldo ciudadano. En consecuencia, un régimen despojado de legitimidad queda expuesto a ser desplazado del poder, ya sea por las urnas, las armas o la resistencia civil.
Debido a lo anterior, la frase «Miro y miro… Debo haber llegado al planeta equivocado. Es muy extraño aquí», fragmento del poema “Yo veo»” publicado en el libro Digte (Poemas) en el año 1893, obra con la cual debutó el escritor noruego Sigbjørn Obstfelder, adquiere mayor fuerza que nunca, especialmente en tiempos electorales, no solo en la entidad, sino en todo México.
Hoy no voy a escribir sobre los casi 22,000 homicidios dolosos que han ocurrido en Baja California durante los últimos ocho años; tampoco escribiré torno a tantos crímenes que ocurren en Baja California; mucho menos disertaré sobre el penoso primer lugar que ocupa la entidad a nivel nacional en este tipo de delitos: asimismo, en esta entrega dejaré de insistir en la gran indiferencia tanto de las autoridades estatales, municipales y de la gran mayoría de los ciudadanos bajacalifornianos frente a la violencia desmedida y descontrolada que sufre nuestro estado y mucho menos explicaré los resultados de vivir bajo la incertidumbre de pensar si algún ser querido será asesinado.
En esta entrega hablaré de otra cosa: de dos poemas que escribí hace algunos años que expresan no solo mi sentir frente a tantos asesinatos que ocurren en Baja California, sino también el sentir de muchos.
El Último Grito
«A mi pueblo que sufre».
Herida profunda sangra,
en el corazón sencillo
de mi pueblo, de mi gente
por culpa de los tiranos.
Sangre pura corre, corre
por caminos y senderos,
por praderas y ciudades,
por aceras y banquetas
corre sangre, corre sangre…
Mujeres lloran, sí, lloran…
Como los sauces llorones
sus lágrimas, perlas negras,
bañan la tierra, los mares.
Los hijos asesinados
son voces en el desierto
que desmoronan montañas.
Gritan, exigen justicia…
Mi pueblo sufre, perece…
Agoniza, se marchita.
Faltan voces, faltan voces
que griten y que reclamen;
sobran balas que silencian.
Faltan manos de justicia,
sobran fusiles que matan…
Mi pueblo sangra, padece…
Sobran lágrimas y llanto
falta paz… falta justicia.
¿Hasta cuándo viviremos?
¿Cuándo sanarán las heridas?
¡Hasta que los tiranos mueran!
Cada madrugada
«A todos los asesinados de mi pueblo».
Cada madrugada
despierto
antes que la luna duerma,
el gallo cante
y la planta brote
para sembrar palabras
en mi cuaderno
de hojas manchadas.
Cada madrugada
escribo
sobre nuestras tragedias,
nuestras desgracias
y nuestros desvelos.
Sí, de nosotros,
de ti, de mí, de todos
sí, de todos
los que fallecemos…
Algunos en las camas
contaminadas
de los hospitales;
otros en las bancas sucias
de la burocracia;
en los pasillos oscuros
de las dependencias;
en los corredores
ensangrentados
de las maquiladoras;
en los surcos desgastados
de las parcelas;
en las olas quietas
y contaminadas
de los lagos;
en las aguas
negras de las riveras
ensuciadas por los huevones
que vienen a divertirse
con nuestras desgracias.
Cada madrugada
mi pluma sangra y sangra,
se desangra
y se transfunde
la sangre de los muertos
escondidos en fosas,
en las cuevas de Luzbel,
en las cantinas apestosas
que son más que cantinas
bodegas de tragedias y desgracias,
de traiciones y desventuras,
de pasiones y desamores.
Sí, mi pluma sangra la sangre
de las viudas que lloran a sus difuntos
que mueren cada mañana
al marchar en las marchas
de los obreros cansados y desgastados.
Sí, mi pluma sangra la sangre
de los niños y las niñas
que tienen arados en lugar de piernas;
trabajo en vez de gratas ilusiones;
martillos, desarmadores, navajas,
cigarros, tequila, maldades
en sus bolsillos porque jamás jugaron,
jamás sintieron caricia de madre
más que las de su madre la calle
de la desesperanza.
Cada madrugada
despierto
antes que la luna duerma,
el gallo cante
y la planta brote
a fumar cigarros
que tienen desgracia
y no tabaco,
piel joven envejecida
y no papel color esperanza.
Cada madrugada
digo plegarias
secretas que solo
mi pluma
escucha con calma
como si fuera sacerdote
en el confesionario.
Cada madrugada
me digo, te digo
que la vida
por más que sufrida,
dolida, perdida,
olvidada
es mejor que la muerte tranquila
porque solo viviendo
podemos ser asesinados
por los nefastos
cuando decimos:
Cada madrugada nos despertamos
con el corazón repleto de ternura
esperando recibir esperanza y dicha
y solo recibimos monedas cubiertas de sangre
de sangre que sangra nuestro pueblo
cada madrugada.
Cuando decidí incorporar estos poemas, al revisarlos y releerlos recordé que por mis venas corre sangre combativa y que, mi pluma, rebelde por naturaleza, solo busca la libertad, la igualdad, la fraternidad y la seguridad no solo colectiva sino también que cada persona disfrute de estos principios de los cuales el gobierno estatal se ha olvidado.
Con base a lo anterior me gustaría parafrasear los versos de Sigbjørn Obstfelder: «Miro y miro…/ Debo haber llegado al Estado equivocado. / Es muy extraño aquí». Y sí, Baja California es muy extraño, por una parte, los gobernantes apáticos que solo están ahí para rellenar un puesto y por otra parte un pueblo dominado por la anomia y el resquebrajamiento del tejido social.
Ahora bien, con respecto a la pregunta inicial Baja California: ¿sufre? La respuesta es sí, Baja California sufre un grave y serio problema de seguridad pública porque en 29 años el índice de asesinatos ha crecido de forma exagerada, tanto así que, durante 39 años las ejecuciones han alcanzado ya la cifra de 45 mil personas, personas que tenían padres, madres, hijos, tíos, sobrinos, amigos y más; por lo cual, esto representaría que los afectados por estos hechos alcanzaría a un promedio aproximado de más de un cuarto de millón (270,000) de ciudadanos que siguen sufriendo por tan dolorosas pérdidas y si, alrededor de 270,000 seres humanos no significa que el sufrimiento es el pan nuestro de cada día, entonces no entiendo que es sufrimiento.
Pero, en fin, como siempre, ustedes tienen la última palabra.












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