Hace veinte o treinta años, el árbitro mexicano tenía una ventaja que hoy sería un lujo: nadie podía demostrarle en tiempo real que se había equivocado. El error se discutía en la sobremesa, con la repetición de la televisora como único juez y con nombres como Brizio Carter, Archundia o Elizondo convertidos en figuras casi mitológicas. Se les acusaba de todo, pero se les respetaba la jugada. Hoy tenemos 28 cámaras por estadio, inteligencia artificial para el fuera de lugar y una sala VAR centralizada en la Casa del Futbol, y aun así la sensación general es de más desconfianza, no menos.
Y los datos recientes no ayudan a la defensa. El Apertura 2026 arrancó con dos penales cuestionados en la primera jornada: el de Necaxa contra Atlante, que el ex árbitro Fernando «Cantante» Guerrero aseguró que nunca debió marcarse, y el de Xolos contra Tigres. La pregunta es obvia: si el VAR está para corregir errores claros y obvios, ¿para qué lo tenemos?
Ahí radica la primera gran inconsistencia. Roberto García Orozco lleva meses señalando que el arbitraje mexicano perdió autoridad y se refugia en la tecnología, con revisiones de cinco o seis minutos en jugadas que ni siquiera son errores evidentes. El árbitro de campo ya no decide; espera. Y cuando la tecnología tarda más que un tiempo extra, el espectáculo paga la factura.
La segunda es la transparencia, y aquí el caso estrella es el de América contra Pumas en cuartos del Clausura 2026. Un cambio mal asentado al minuto 62, una cédula que no coincide con lo que mostró el cuarto árbitro y una Disciplinaria que concluyó que no hubo alineación indebida, pero sí una multa. Jaime Herrera, exárbitro, señaló lo evidente: si hay sanción, es porque algo hubo. Dos palabras que se contradicen en el mismo comunicado, y encima la Comisión de Árbitros prometió «estudiar» la responsabilidad del cuerpo arbitral. Estudiar. En México, cuando el procedimiento se «estudia», casi siempre se archiva.
Tampoco ayuda que el video de Horacio Elizondo dentro de la cabina VAR en el San Luis contra Pumas obligara a la Comisión a salir a negar irregularidades, ni que Chivas haya acusado alteraciones en audios del VAR que, por cierto, debían ser públicos. La transparencia prometida se parece demasiado a un trámite.
Del lado del orgullo oficial, la Comisión presume el fuera de juego semiautomático, introducido en todos los partidos del Clausura 2026, y asegura que el arbitraje mexicano está a la altura de la Premier League. César Ramos y Katia Itzel García, convocados al Mundial 2026, sirven como vitrina internacional. Pero un buen árbitro mundialista y una liga con credibilidad no son lo mismo.
Y la presión mediática hace el resto. Las mesas de debate cobran por polémica, no por criterio, y cada jornada se convierte en un juicio sumario donde el árbitro es culpable antes de que termine la repetición. A eso se suma la promesa de dar autonomía a la Comisión: ¿realmente puede ser independiente un cuerpo cuyas designaciones benefician o perjudican a quienes pagan la liga?
Entonces, ¿quién es el árbitro hoy? No es quien pita. Es el operador de la cabina, el director de la Comisión, el panel de televisión, el dueño del club y la afición en redes. Y cuando todos arbitran, nadie responde.
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Delfino Cisneros, analista deportivo.











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