Vemos en el cine situaciones extremas: infantes manipulados o atrapados en dilemas ajenos a nuestro entorno. Apagamos la pantalla pensando que se trata solo de ficción. Sin embargo, en nuestro territorio esta es una realidad cotidiana y silenciosa que ocurre a la vuelta de la esquina o dentro del hogar, a través de una pantalla encendida.
Las niñas y niños no llegan a estas situaciones por elección o rebeldía, sino porque hay un adulto que calcula, persuade y manipula. El engaño es un ejercicio de poder sobre una mente que apenas aprende a descifrar el mundo.
Cuando la confianza se vuelve trampa
El peligro rara vez inicia con violencia abierta; casi siempre empieza con palabras amables y promesas de afecto. La vulneración más profunda es la que se viste de juego o secreto.
Tomemos el caso de Mateo, de nueve años. Vivía en un entorno con carencias económicas y tensión familiar. Un familiar cercano, en quien el niño confiaba plenamente, comenzó a involucrarlo en pequeñas «misiones»: entregar sobres cerrados a vecinos a cambio de monedas o juguetes. La petición siempre venía acompañada de un tono confidencial: «Este es nuestro secreto. Tu mamá no lo entendería y se va a enfermar si se entera. Tú eres el hombrecito de la casa».
Sin saberlo, Mateo cayó en una trampa. El chantaje emocional y el miedo a perjudicar a su madre lo mantuvieron en un silencio paralizante. Cuando la inducción al delito se disfraza de afecto en el propio hogar, la infancia pierde su brújula moral: aprende que para ser amado hay que callar.
El enganche digital
Si en la calle el peligro entra por la confianza familiar, en el ciberespacio se filtra por la pantalla del teléfono, aprovechando la soledad o el deseo de ser valorado.
Pensemos en Sofía, de doce años. Pasaba largas tardes sola mientras sus padres trabajaban. Encontró en una red social a alguien que parecía comprenderla, regalarle accesorios para juegos y dedicarle horas de conversación. Cuando la dependencia emocional estuvo firme, la persona le propuso un «reto de confianza»: «Eres muy especial. Si me envías algunas fotos en privado, te enseñaré cómo ganar dinero desde tu teléfono para que ayudes en tu casa. Pero no se lo digas a tus padres».
Lo que comenzó como una búsqueda de afecto degeneró en coerción y extorsión. El manipulador utilizó el material para amenazarla con difundirlo entre sus compañeros si no cedía a peticiones más graves. Sofía quedó atrapada en un callejón sin salida, paralizada por la culpa y el miedo.
El dolor no nombrado
Desde el acompañamiento clínico con la infancia, es indispensable señalar una verdad dolorosa: los agresores no crean la vulnerabilidad del menor, la detectan y la instrumentalizan. Aprovechan las necesidades humanas más básicas —el deseo de pertenecer o de proteger a los suyos— para convertirlas en el gancho de la explotación.
El niño o niña inducido al abuso, al consumo o a la explotación sufre un quiebre emocional devastador. En su mundo interno se siente cómplice por haber aceptado el «regalo» o la «misión», creyendo que merece lo que le ocurre. Esa culpa inducida es el candado más fuerte del secreto.
Construir redes de protección y atención
Frente a esta realidad, no podemos responder únicamente con prohibición o pánico moral. Apagar el teléfono o regañar al menor solo profundiza su aislamiento. La prevención real no empieza en los filtros digitales, sino en la calidad de la presencia adulta en la vida cotidiana.
Prevenir es mirar a los ojos a nuestros niños y niñas, validar sus emociones y ofrecerles un entorno donde la verdad no dé miedo. Necesitamos enseñarles que ningún adulto que los ame les pedirá jamás guardar un secreto que les genere malestar o vergüenza. El afecto auténtico nunca exige el ocultamiento.
En el ámbito de la atención, la respuesta debe ser humanista y libre de juicios. Cuando un niño encuentra el valor de romper el silencio, el entorno adulto tiene el deber ético de acoger esa revelación con empatía y contención. No se trata de interrogar desde la sospecha, sino de escuchar y transmitir con claridad: «No fue tu culpa, no estás solo y aquí estamos para protegerte».
Solo cuando logramos que sientan que su voz es escuchada y su fragilidad resguardada, le arrebatamos al engaño el terrible poder que ejerce sobre sus vidas.
Psic. Laura Beltrán
Posgrado en psicoterapia infantil
laurabeltran.com.mx











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