Imagina que el arte de enseñar es un lienzo cuyo marco es de dorados acabados expuesto en una de las esquinas del museo más concurrido del mundo. El maestro con su pincel en mano, no tiñe el blanco con colores fríos o con tonos cálidos, sino con voces, gestos y silencios que no son eternos. Cada trazo, una palabra de esperanza, cada mezcla de pigmentos, un espectro de luz que habita en la mente de sus pupilos. Hay belleza en las capas ocultas que solo el tiempo revela, hay magia en el pasado, en el presente, en el futuro. ¿Qué es enseñar? Me pregunto ahora; precisamente eso, una obra artística que tiene eco en cada espectador, reinventándose en la mirada, porque el aprendizaje, como el arte, es un cuadro que se pinta en la memoria.
Cuántas veces no hemos escuchado y/o leído la frase: la revolución es necesaria para la evolución. Claro está que el movimiento telúrico que atravesamos en materia digital, sobrepasa lo tradicionalmente impuesto. El binomio tecnología – educación se amalgama en el proceso de enseñanza – aprendizaje, sobre todo en los últimos años, donde la Inteligencia Artificial (IA) ha sido el jaque mate que redireccionó la manera en que se transmite el conocimiento.
La IA, una joya futurista – multifacética al alcance de quienes la requieran; asistentes virtuales, sistemas de diagnóstico médico, geolocalización, detección de rostros, identificación de objetos, resolución de problemas complejos y toma de decisiones, por mencionar algunos privilegios de su razón de ser. Sin embargo, su pronunciada exposición en el binomio enseñanza – aprendizaje la ha catapultado como el nuevo bolígrafo y papel de la era contemporánea. La humanidad está en constante mutación, por lo tanto, es posible dimensionar que los axones y neuronas sean reemplazados por cables, circuitos, algoritmos e interfaces capaces de resolver problemas (24/7) en tiempo record.
Sin duda, la irrupción de la IA en la educación, diseñó un tablero de ajedrez en constante reinvención, un espacio educativo en su conjunto: aulas físicas, plataformas virtuales, redes de interacción que se entrelazan en el tiempo. La partida del juego simboliza el avance desenfrenado de estrategias para alcanzar un objetivo común: el desarrollo integral del estudiante. El rey es el alumno, pieza que siempre debe protegerse, pues toda estrategia realizada busca mantener su equilibrio y elevar su potencial. Asimismo, la reina representa la IA en todo su esplendor, erguida, versátil, capaz de proyectar sus titánicas cualidades en distintas direcciones.
En esta partida, no hay oponentes, es aprender a jugar en equipo. La IA no sustituye las piezas humanas, es un aliado enérgico, para que docentes y estudiantes se concentren en jugadas estratégicas de mayor valor. Ahí radica la dimensión humana del aprendizaje.
Sin embargo, el vértigo que ha ocasionado el acelerado auge tecnológico nos incita a reflexionar en cómo enseñar ante la heterogeneidad de medios digitales y otras posibilidades, posibilidades que son un claroscuro en la práctica educativa, pues la innovación siempre trae consigo un halo de luz pero se acentúa la escala de grises cuando la brecha digital aparece en escena.
El ser humano se ha convertido en un centinela, experto en vigilar los cambios de la sociedad de la información y del conocimiento. Lo que hace unas décadas parecía un mundo utópico bordado a mano, hoy es una bocanada de realidad. Hablar de IA en el ámbito educativo resulta sumergirse en un oasis profundo y complejo, pues su impacto es tal que se ha posicionado como tema medular de la vox populi y de un sinfín de debates de talla internacional. Educadores, líderes académicos y tecnólogos alrededor del mundo consideran indispensable el uso de las nuevas herramientas del siglo XXI en el desarrollo cognitivo de los estudiantes, desde la formación básica hasta la educación superior, ninguna etapa se exenta de su impacto.
Quizá el verdadero desafío no consiste en decidir entre tecnología o humanidad, sino en aprender a hacerlas dialogar. La IA puede ofrecernos nuevos pinceles, colores y formas de mirar el lienzo educativo, pero la intención de la obra seguirá dependiendo de quien la crea. Porque enseñar no es únicamente transmitir información ni resolver problemas con mayor rapidez; es acompañar, escuchar, despertar preguntas y reconocer en el otro aquello que ninguna máquina puede sustituir: su capacidad de sentir, imaginar y darle sentido a lo que aprende.
Griselda Guerrero Corrales / Comunicóloga y Catedrática.











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