La opinión sin pensamiento

Hace unas semanas fue noticia una denuncia en contra de un médico ginecólogo de la ciudad. La denunciante invitaba, además, a sumarse denunciando formalmente de ser el mismo caso.

Ese tipo de situaciones lamentables abre una cadena de sucesos en ningún sentido satisfactorios. Por un lado, el seguimiento del evento ha sido nulo en las noticias posteriores. ¿Qué aprendemos de tal suceso? ¿En qué posición pública deja al denunciante y al denunciado tal exhibición? ¿Cómo cambió la vida de estas personas?

Pareciera que simplemente el sistema se alimentó de otra “noticia” y siguió su curso. Por otra parte, un suceso colateral que llamó mi atención fue el comportamiento de tal noticia en las redes sociales, donde pareciera que ahora está lo público “vivo”. Alguna persona, por error, difundió en un grupo de la red social de “la F” la noticia del médico en cuestión, pero con la fotografía equivocada. Puso una imagen del hijo del denunciado.

Ese “error” es de nivel catastrófico, pensé yo. Una persona, aparentemente ajena a la denuncia, se equivoca de fotografía, y ese error generó una trama freudiana: el hijo de este ginecólogo ha de limpiar y desligar su nombre y su ejercicio profesional del de su padre, siendo pronunciadamente similares, pues se llaman y apellidan casi igual y se dedican a lo mismo. ¿No es esta una desafortunada encrucijada trágica? ¿Habrá estado alguna vez en admiración de su padre y ahora se enfrente a una abierta negación por justicia? ¿Qué será de su identidad, si su nombre, su apellido y profesión no le pertenecen?

Lo anterior fue lo que me llevó al tema central que me interesa reflexionar con ustedes. Las redes sociales tienen el inigualable aporte de los “comentarios”. En este clima nacional de censura gubernamental, preocupante y de ninguna manera aceptable, estos comentarios no me parece que debieran llevarnos a la “regulación” legislativa. Barrer las cosas bajo la alfombra no es nunca solución de nada.

Sin embargo, la violencia de los comentarios fue peor que todo lo que les narré hace unos renglones. Cuando algunos comentaban sus lamentables experiencias con el denunciado en las secciones de comentarios, a manera de solidaridad con las víctimas, otros publicaban buenas experiencias, y me parecía que sin intención de tratar de defender al acusado, simplemente de compartir una vivencia. Y ahí apareció el diablo.

Comentarios como “no opines si no es para acusar”, “¿por qué lo defiendes?”, “a ti de seguro no te tocó porque estás horrible”, “se nota que ibas por urgida”, “mejor cállate si no aportas”, “solo le gustan jovencitas, tú no aplicas”, abundaron al mayoreo. Y estos comentarios no eran exclusivos de algún género contra otro. A veces, las mayores humillaciones no eran de quien supondríamos.

Me hizo sentido instantáneamente: el odio y la censura están en la sociedad y el gobierno es su reflejo. Como esas turbas medievales que aparecen en las películas y que avientan tomates y piedras a quien está en la soga, y despliegan todo su odio mientras van de paso a comprar un pan. El verdadero peligro está en la opinión sin pensamiento. Así es como los gobernantes se aprovechan de los más bajos impulsos de las masas iletradas y sin educación —que ahora una maestría no te salva de ser ignorante— para manipular.

La filósofa Hannah Argent expresa brutalmente lo siguiente, y me parece debemos rescatar lo que dice: “En condiciones de tiranía es mucho más fácil actuar que pensar”.

¿A cuál tiranía sirves cuando el dolor ajeno te hace aventar piedras en lugar de pensar?

Héctor Rodríguez
Filósofo

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