La crueldad social y la omisión de la autoridad

Los caninos y felinos son víctimas silenciosas de una sociedad que ha normalizado la irresponsabilidad y la falta de empatía. Cada día, miles de caninos y felinos son abandonados en calles, basureros o campos abiertos, condenados al hambre, a las enfermedades y a una muerte lenta. No se trata de un problema marginal; es el reflejo de una cultura que considera a estos animales como objetos desechables, no como seres sintientes no humanos capaces de sentir dolor, miedo y sufrimiento.

La irresponsabilidad comienza en el hogar. Muchas personas adquieren un cachorro o un gatito por impulso, atraídas por su apariencia, sin medir las consecuencias. Cuando el ser sintiente crece, deja de ser “tierno”, requiere tiempo, dinero y paciencia, y entonces se convierte en una molestia.

Se le abandona en la vía pública, se le deja atado a un árbol o se le entrega a cualquiera que lo acepte, o, peor aún, lo entregan al centro de control, donde será sacrificado en un tiempo determinado si es adoptado. En otros casos, el maltrato es más directo: golpes, encierros prolongados, privación de alimento o agua, o la utilización de estos animales como herramientas de “protección” o entretenimiento, sin ninguna consideración por su bienestar.

La sociedad observa, comenta en redes sociales y sigue adelante. La empatía se diluye entre la indiferencia y la justificación: “no es para tanto”, “así son las cosas”, “hay problemas más graves”.

Esta violencia no termina con el abandono o el maltrato físico. Los caninos y felinos son revictimizados por una autoridad que, en la práctica, no ejerce la ley.

En el estado de Baja California existen leyes que prohíben el maltrato animal, que sancionan el abandono y que obligan a las autoridades a rescatar, atender y sancionar a los responsables. Sin embargo, estas leyes suelen ser letra muerta.

Las denuncias se archivan, las inspecciones no se realizan, los centros de control son centros de exterminio y los agresores rara vez enfrentan consecuencias reales. Cuando un animal es encontrado en condiciones deplorables, el sistema responde con lentitud o simplemente no responde.

El resultado es una doble victimización: primero por la sociedad que lo maltrata o abandona y, después, por el Estado que omite su deber de protegerlo.

La falta de empatía se manifiesta también en la tolerancia colectiva hacia prácticas crueles. Peleas de perros, cría indiscriminada en condiciones de hacinamiento, venta de animales en redes sociales o vía pública y la costumbre de dejar a los caninos atados de por vida en patios son el ejemplo cotidiano que apenas genera indignación sostenida.

Cuando alguien alza la voz, suele ser tildado de exagerado o de “defender más a los animales que a las personas”. Esta falsa dicotomía solo sirve para justificar la inacción.

Además, las consecuencias se extienden más allá del sufrimiento individual: los caninos comunitarios y felinos en situación de calle generan conflictos vecinales y sobrecargan a los pocos rescatistas y refugios independientes que intentan llenar el vacío dejado por las instituciones.

La solución no es compleja en su formulación, pero exige voluntad. Se necesita educación desde edades tempranas sobre el respeto a la vida animal, campañas permanentes de adopción responsable, esterilización masiva y accesible y, sobre todo, una autoridad que aplique la ley sin excepciones.

Las sanciones deben ser ejemplares y efectivas. Los centros de control deben convertirse en santuarios, como lo marca la ley. Los ciudadanos deben denunciar y exigir resultados.

Solo cuando la indiferencia deje de ser la respuesta automática y las autoridades asuman su rol con seriedad, será posible romper el ciclo de abandono, maltrato e impunidad que hoy condena a tantos caninos y felinos a una existencia de sufrimiento evitable.

Mientras la sociedad continúe mirando hacia otro lado y solo enfocando la solución al problema en redes sociales, y las autoridades sigan omitiendo su responsabilidad, los caninos y felinos seguirán siendo víctimas de un sistema que los condena dos veces: una por la crueldad de quienes deberían cuidarlos y otra por la indiferencia de quienes deberían protegerlos.

Movimiento Animalista de Ensenada.

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