Hay vicios que se vuelven tan cotidianos que dejamos de verlos como vicios. La multipropiedad en el futbol mexicano es exactamente eso: una práctica que nació con excusa social en 1984, cuando el IMSS asumió el control simultáneo de Atlante y Oaxtepec bajo el argumento de fomentar la salud y el deporte juvenil. No había entonces ambición comercial, pero el precedente quedó marcado: en México se podía ser dueño de dos equipos a la vez.
El problema llegó cuando entendieron que ahí había dinero. En los noventa, Televisa entró a la batalla por los derechos de transmisión adquiriendo América, Necaxa y San Luis. TV Azteca respondió con Monarcas Morelia, Puebla y Veracruz. El golpe regulatorio llegó en 2013, empujado por la FIFA, obligando a Decio de María a comprometerse con la erradicación: cinco años de plazo, prohibición de sumar más equipos, transparencia sobre accionistas reales y multas para incumplidos.
Y aquí viene la parte que nadie quiere admitir en voz alta: solo Televisa cumplió, vendiendo Necaxa y San Luis. Al resto no le pasó absolutamente nada. Cuando Enrique Bonilla intentó reforzar la transparencia al cumplirse el plazo, el remedio empeoró la enfermedad: entre 2018 y 2022 surgieron Orlegi Sports (Santos y Atlas), Grupo Caliente (Xolos y Querétaro) y Grupo Pachuca (Pachuca y León), todos aprovechando la desaparición del descenso para operar el futbol como negocio puro, sin el riesgo deportivo de siempre.
El verdadero punto de quiebre no vino de la buena voluntad mexicana, sino del ridículo. El fracaso de la Selección en Qatar 2022 desató presión mediática suficiente para forzar, en 2023, un plan agresivo rumbo al Mundial 2026: neutralizar el poder político de los multipropietarios en la asamblea, facilitar la compraventa de clubes excedentes, exigir transparencia financiera y centralizar la venta de derechos televisivos.
Y sorprendentemente, algo se está moviendo. Grupo Caliente vendió Querétaro a Innovatio Capital en julio de 2025. TV Azteca ya colocó Mazatlán con el Atlante y tiene a Puebla en liquidación. Atlas, supuestamente, ya pasó a manos de José Miguel Bejos. Hoy solo queda un dueño con dos clubes: Grupo Pachuca, todavía aferrado a Pachuca y León.
Ahí está el nudo final. Jesús Martínez Murguía asegura que ha recibido 130 propuestas por el León, aunque solo 25 hayan firmado confidencialidad. Insiste públicamente en que no quiere vender, pero pone como condición que el comprador mantenga al equipo en Guanajuato. No es un club cualquiera: ascendió en dos años bajo la familia Martínez, se coronó bicampeón en 2013-2014, ganó el Apertura 2020 y la Concachampions 2023, y fichó nombres como Rafael Márquez, Andrés Guardado y James Rodríguez. El paquete completo, plantilla, Nou Camp e instalaciones de La Esmeralda, se cotiza cerca de los 200 millones de dólares, con plazo hasta 2027 para cerrar la venta.
Todo apunta a que la multipropiedad, por fin, agoniza en México. Pero cuarenta años de promesas incumplidas dejan una desconfianza sana. ¿De verdad esto termina, o Grupo Pachuca seguirá operando bajo promesas de venta que se estiran indefinidamente? Y mientras tanto, ¿la FIFA, autoproclamada reguladora de esta práctica, para cuándo piensa actuar en serio en lugar de solo mirar con severidad desde Zúrich?
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